Equilibrio

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Hay un lugar, un espacio, en donde la mente reposa, se aquieta, dormita. Si bien, a menudo pareciera empeñarse en disuadir los estigmas del recuerdo, en aseverar esas utopías que pretendemos resguardar en depósitos de inconsciencia, al fin descansa. Aún cuando el pensamiento se empecina en dirimir aquellos aspectos que enaltecen ciertas virtudes del amor, siempre aparecen resabios amargos que inciden en el rutinario andar e inmiscuyen en nuestras más difíciles decisiones.

Nuestra mente es un nido, en donde los recuerdos laten silenciosos, a la espera de ese trino del corazón que rompa con la quietud y la calma. No se pueden borrar los sonidos, las imágenes, ni las palabras, que en nuestra mente reposan. Así nos inquiete, provocando tentaciones y desafiando nuestras fuerzas, debemos enfrentarla, siempre y cuando de nuestro deseo dependa.

Existen instantes de debilidad, capaces de persuadirnos, seduciendo nuestra vulnerabilidad. No debemos temer. Cada situación que se nos presente en torno a ello, debe ser contrapuesta con habilidad y fortaleza de espíritu, sólo así podremos intentar dominarla.
Navegar estados de consciencia con claridad y seguridad, nos permitirá, eventualmente, hacer frente a situaciones tempestuosas, donde la adversidad y el peligro nos acechen.
No siempre es fácil. Puede suceder que decaigan nuestras fuerzas, pues los sentimientos suelen distraer nuestro temperamento, especialmente cuando la nostalgia se interpone vulnerando cualquier estado de emoción y templanza.

Por ello, es más que necesario saber hacia dónde vamos, cuál es el camino que deseamos recorrer y el destino al cual pretendemos arribar. Sólo estando firmes en nuestros propósitos y haciendo eco a nuestros deseos, podremos dar los pasos necesarios en esa dirección.
Y si amenguan las ganas, se debilitan las fuerzas, decaen los propósitos, no hay que desesperar. Aferrándonos al recuerdo de todo aquello que nos hizo daño, que desarmó nuestra integridad, será más fácil no distraernos ni alivianar la pesadumbre que amenazó nuestra cordura.

Hay un momento, un tiempo, en el cual el pensamiento cobra magnitud y se acelera el pulso, en donde el deseo intenta abrir las alas y viajar por cielos despejados, a pesar de posibles amenazas de vientos, capaces de azotar contra las decisiones más arraigadas. No importa, de tu naturaleza dependen las fuerzas de tus decisiones. Así como de tus ganas, sortear las dotes del destino. Siempre y cuando tú decidas, será.

La mente es una caja, la cual contiene todo lo bueno y lo malo que te ha pasado en la vida, pero de lo malo se aprende, y ese aprendizaje te ayudará a no cometer los mismos errores por los cuales el dolor se hizo carne, hasta calar los huesos. La imprudencia de desoír las señales de tu cuerpo, mente y alma depende de tí. La perfecta armonía entre éstas, atentará, en cierta manera, contra cualquier veleidad del equilibrio.

No permitas que la sordera te atrape y envuelva, pues ese trino del corazón del que te hablaba anteriormente, no podrá ser escuchado y, en definitiva, la mente ordena, pero el corazón permite, acompaña. Juntos harán de tí, un ser libre y feliz.

Claudia Beatriz Felippo

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