El perfume de la rosa

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La libertad es algo parecido a una rosa.
Tiene espinas, pero uno ya lo sabe y busca protección, la toca con cuidado, la respeta.
Posee un aroma envolvente, que recubre la piel cuando la rozas, dejando una bella sensación entre las manos, penetrando hasta el alma cada vez que la hueles con ansias.
Pero rosas hay muchas, y de las más variadas.
Las hay de colores, también blancas, cual palomas y banderas de la paz. A estas me refiero cuando hablo de libertad. A la rosa blanca.
Su crecimiento es un proceso, que sufre heladas y agonías, y muchas veces se levanta esplendorosa, aunque no olvida lo que le costó crecer y erguirse inmaculada.
Su savia lleva la impronta de cada herida tallada entre sus hojas y su mirada, y está en nosotros acompañarla el tiempo necesario hasta verla hacerse cicatriz.
Ella se luce y reluce, entre las otras rosas y demás flores del jardín, por ser la más bella, por levantarse esbelta besando el aire y así adornar el paisaje.
Ella es en sí el mejor paisaje, y es deseada por toda la humanidad.
La libertad es una rosa con espinas, siempre en crecimiento, pues su proceso nunca acaba.
La puedes podar para que renazca con más fuerza, solo que al hacerlo hay que prever no cortarle más allá de lo que necesitan sus alas para llegar alto, casi hasta rozar el cielo del alma.
No te olvides de regarla, cuidarla, admirarla. Ella en el centro lleva el sol, la energía, luz, y calor que precisa tu mañana.
Porque la libertad es una rosa blanca en crecimiento, que late en tu corazón, y allí se quedará, anidando con toda su fragancia.
No la dejes morir.
Mi libertad es en tu rosa blanca.
Y tu libertad, en la mía.

El perfume de la rosa blanca me recuerda los aires de libertad...

Claudia Beatriz Felippo

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