Monada de cuento

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 Cuando terminen de leer este cuento, seguramente pensarán que es una verdadera monada, como decimos a menudo cuando algo nos gusta y reconforta. Ustedes dirán…

    Esta es la historia de Monín, un mono simpático, inquieto, curioso, travieso y, por sobre todas las cosas, presumido. Puede estar  trepando los árboles todo el día, alimentándose de sus hojas y frutos, aunque también suele comer miel,  huevos que encuentra en los nidos y, cuando tiene sed, beber el jugo de hojas embebidas en el agua de lluvia que ha quedado entre los huecos de los troncos y ramas. Es muy hábil, como todos los de su especie, pero él cree que es el mejor y entonces, anda por allí haciendo alarde de su  arte  para trepar y saltar de un árbol a otro sin caerse, aunque estén muy distanciados entre sí. Además, posee gran destreza para apropiarse de los frutos que otros monos llevan entre sus manos con el fin de alimentarse, por ello no pierde ocasión de subir rápidamente a los árboles y molestarlos hasta el hartazgo.1334192151002-mono1.jpg

    Una mañana Monín salió a jugar muy orondo entre las ramas,  mientras otros monitos, alborotados por su presencia, corrían temerosos a esconderse entre las ramas más altas,  porque les quitaba sus alimentos  antes de que los pudiesen comer. Lo peor es que,  haciendo gala de su agilidad, siempre se colgaba de la cola, hamacándose muy ligero y tomaba entre sus manos todo lo que veían sus ojos. Claro que, como a muchos monos no les agradaba tal conducta, ya cansados de tanto atropello, pensaron en darle un buen escarmiento. Así fue que, entre todos, idearon la manera de que sintiera  temor y necesidad de pedir ayuda, ante una eventual situación que ellos provocarían. Entre todos prepararon una trampa bajo el cocotero, ya que era su lugar preferido. El fruto de este árbol es de gran tamaño, de color verde y, en su interior, tiene una nuez marrón que contiene agua de exquisito sabor. Su pulpa es lechosa, cuando está maduro y los monos la toman como bebida refrescante, ya que abundan en esa zona tropical. Como el cocotero suele tener una altura de entre diez y veinte metros, los monos deben trepar con mucho cuidado, agilidad y esfuerzo, para no caer, entonces pensaron desafiar a Monín a que lo trepase  con rapidez, mientras ellos  lo observarían desde alguna  palmera cercana.

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   Como a Monín le gustaba presumir, vociferando que él era el mejor, no tuvo ocasión de rechazar la invitación, por lo tanto, decidió trepar velozmente  y, alardeando de su gran agilidad, comenzó su viaje de ascenso por el tronco. Los  monos habían preparado la pequeña trampa, al pie de la palmera y, mientras lo aplaudían  animándolo a subir con rapidez, esperaban el momento en que cayera. Él, ante los aplausos, se daba vuelta y los miraba sonriente, en vil derroche de orgullo y vanidad. Tanto se distrajo, mientras trepaba, que no vio la máscara de león que le habían colocado entre  las hojas  con el fin de atemorizarlo. Cuando llegó a lo alto y la descubrió, se llevó tal susto que se soltó de inmediato del tronco  y, plaff, cayó, quedando atrapado entre las ramas y  el follaje que habían colocado. Los monos lo veían desde los otros árboles y no podían resistir la tentación de risa, al escuchar los gritos pidiendo ayuda. Se relamían  bebiendo  jugo  de coco, mientras le mostraban, desde lo alto, los dulces frutos y, al pobre mono, ante la imposibilidad de alcanzarlos, se le hacía agua la boca. No era para menos, si lo simios inquietamente se pasaban  entre sus manos los cocos, cual malabaristas del circo más grandioso que se haya visto jamás. El pobre Monín pedía ayuda a gritos, desaforadamente, pero aquéllos hacían oídos sordos con tal de hacerlo pagar por tantos momentos  despreciables que les hizo pasar. No estaría nada mal un poco de compasión ante el sufrimiento, pero ellos bien sabían que la trampa que le habían colocado no tenía gran dificultad de sortearla, por lo tanto, esperarían serenamente que encontrara solo la forma de salir. Ellos esperaban que tal vez, durante ese tiempo de encierro, reconociera sus actos de egoísmo y vanidad y les pidiera perdón. 

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    Mientras hacía fuerza para desarmarla, los demás monos jugaban con los cocos más pequeños, revoleándolos hacia arriba y atajándolos con la boca, pasándolos entre sus manos cual juego de postas, arrojándolos hacia un hueco en el tronco de una de las palmeras, a modo de partido de básquet, hasta quedar tan exhaustos que se desparramaron sobre las ramas a beber su jugo, mientras Monín desesperadamente, intentaba salir.  Cuando comenzó a anochecer, algunos decidieron partir hacia su  morada. Digo algunos, porque otros se quedaron cerca, escondidos entre las ramas, hasta ver cómo Monín resolvía el problema. Claro que, cansado de tanto esforzarse por salir, se quedó dormido. Entre sueños, pudo oír el rugido de un león hambriento y se asustó tanto que despertó pidiendo ayuda a gritos, sin notar que el temible león no era más que el mono Queco haciéndose pasar por la fiera más fiera de todo el planeta. Tal era la desesperación del pobre monito, que gritaba pidiendo auxilio, sollozando y temblando de miedo. Al oírlo, todos acudieron a su llamado  y, al verlos, prometió no volver a molestarlos y ser su amigo, luego de pedirles perdón. Mientras los demás quitaban las ramas y hojas para liberarlo, él pensó en organizar una fiesta para retribuirles el buen gesto al ayudarlo. Así fue que, a los pocos días, todos  los monos estaban jugando y cantando junto a él, mientras una lluvia de cocos caía desde lo alto de la palmera, ya que Monín se había tomado el trabajo de juntarlos y aguardar el momento de obsequiárselos  en señal de recompensa y amistad. 

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    Además, le entregó a cada uno de ellos, una quena, que él mismo había realizado con cañas. Esa noche, todos bailaron al son de la música y bebieron jugo de coco, hasta que  Queco apareció con la máscara de león rugiendo fuerte y todos rieron a más no poder, hasta el mismísimo Monín, al darse cuenta  de que todo no había sido más que una pesada y bien merecida broma.

  Desde entonces, todo transcurre en absoluta calma entre los monos, palmeras y cocoteros del lugar porque, si alguno comienza a hacer monerías con actos desagradables hacia algún compañero, Monín  toma la palabra y, cual árbitro de encuentro deportivo, pone paños fríos a cualquier situación que así lo requiera, logrando que finalmente  haya justicia y reine la paz en la comarca.

  ¿Será por eso que sus amigos, desde aquella vez, lo llaman juez?

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                                    Claudia Beatriz Felippo

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Comentarios

es un cuento muy estupendo y con un buen sentido de el humor

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MONIN!!!! Te quiero!

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esta re lindo tu cuento 

me gusto mucho es para enseñar a chicps  que quiere aprender de este cuento

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        Un cuento infantil, me hizo volver, volver a mi infancia, creo que aparte de todo es un buen mensaje, mensaje de corrección. En algun momento de la vida, si lo analizamos, somos como Monín, esperemos corregirnos antes de pasar las peripecias de Monín. Muy bien Claudia, bendiciones, muchas bendiciones.        atte. huberth.

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